La dulce inocencia de los niños

Hace poco me puse a reflexionar sobre lo retorcidas que son algunas personas, buscando continuamente el doble sentido a todo lo que hace o dice el resto de la gente. Me recordó la dulce inocencia de los niños pequeños y una graciosa anécdota que me sucedió a mi fruto de esa “mente limpia” típica de la infancia.

Rondaba yo los 10 años (quizás 9, no lo recuerdo con exactitud); el caso es que acababa de hacer la comunión, y tenía un montón de dinero que me quemaba en el bolsillo (por aquella época, 30.000 pesetas me parecían una cantidad digna de meterse en un plan de pensiones).

No tenía ninguna necesidad de gastármelo, quizás lo inteligente hubiera sido ahorrarlas para algún gasto imprevisto, pero seamos sinceros, ¿qué clase de gasto imprevisto puede surgirte con 10 años? Así pues, decidí dejarme llevar por mi vena consumista cuando mis padres me dijeron que íbamos a El Corte Inglés a hacer la compra semanal.

Allí me vi yo, con un pastizal en los bolsillos y una meta: comprarme el juego de la PS1 que tanto había visto anunciar por la tele. Estamos hablando ni más ni menos que del “Crash Bandicoot 3: Warped”, uno de los juegos a los que más horas he echado. Aunque casi más divertido que el juego en sí, es la situación que provoqué en la tienda.

crash bandicoot 3

El día de autos, mis padres me llevaron hasta la zona de electrónica y entretenimiento del centro comercial, y allí me soltaron entre las estanterías repletas de títulos con los que poder pasar las horas pegado a la pantalla del televisor, pero yo no quería cualquier juego, por lo que empecé mi ardua búsqueda en pos de lo que tanto necesitaba. Mi desesperación y angustia crecían más y más a medida que navegaba entre las estanterías, pero no encontraba mi ansiado Crash Bandicoot, hasta que, de repente, al igual que hace la luz de la puerta de la nevera cuando la abres a las 4 de la madrugada, se me iluminó la cara tras descubrir aquello que tanto quería detrás de un pack de 2×1 en tarjetas de memoria. Sostuve la carátula entre mis manos mientras intentaba convencerme de que aquello no era un sueño (lo dramáticos que somos cuando somos pequeños).

Intentando controlar el compendio de emociones que arrasaba mi cuerpo en aquel momento, eché a correr con el juego en las manos en busca de mis padres, quería contarles que por fin iba a conseguir aquello con lo que tanto tiempo había soñado.

Llegué allí donde mi familia se encontrada, con una sonrisa que me daba la vuelta la cara mientras gritaba “lo tienen, lo tienen”, para encontrarme algo que no me esperaba, y es que mi padre tenía el rostro contraído por el horror. En aquel momento no entendía el motivo: yo tenía lo que quería y él no tenía que aflojar pasta de su bolsillo, entonces ¿Por qué esa cara? Pues bien, os lo voy a explicar.

Mientras el torbellino de emociones hacía estragos en mi inmadura mente de niño pequeño, y me impedía prever cualquier clase de consecuencia derivada del hecho de echar a correr con algo que no has pagado, el guardia de seguridad solo vio a un niñito con ganas de marcha, que pretendía robar algo que no era suyo, y que tenía que detener a toda costa.

Así pues, cuando llegué a los pies de mis padres, me di la vuelta para ver a un agente de la ley sonrojado, por la carrera que había tenido que echar, y con cara de pocos amigos, entonces empecé a comprender qué era lo que pasaba, y la cómica situación que había generado (cómica al menos para mí, porque a mi padre no le hizo ninguna gracia).

lego enfadado

Acompañé al guardia de seguridad hasta el mostrador para pagar, mientras mi padre me daba un capón por no pararme a pensar un segundo las consecuencias de mis actos, haciéndome de esta manera con el primer juego de la PS1 pagado por mí mismo y con mis ahorros. El capón me escoció un poco, pero me dio igual, yo era feliz llevándome aquello a casa, además de que a partir de ese momento tengo una anécdota que contar en las sobremesas de las cenas de Navidad.

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2 comentarios en “La dulce inocencia de los niños

  1. Te imagino corriendo como una bolita feliz por el reluciemte corte inglès (recién abierto en aquella época) y al guardia de marras tras de ti y ¡me mondo de risas! ¿por que después de tantos años no me lo has contado?

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    1. La verdad es que se me vino a la cabeza en un vuelo de vuelta a Dublín, hacía mucho tiempo que no me acordaba de esa anécdota, pero me hizo reír mucho al acordarme de ella.

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